Del fin de la jornada
Así titula fray Luis de Granada el último capítulo de su Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador del Evangelio (en las Obras del Padre Maestro Juan de Ávila, predicador en el Andaluzía, Madrid: en casa de Pedro Madrigal, 1588). Narra fray Luis aquí, con pormenores, las últimas horas del Maestro Ávila: sus dolores, sus miedos y temores ante “la tela del juicio” (f. 73) que sobreviene, algunas de sus últimas palabras y gestos. Hoy, que es Día de los Fieles Difuntos, me ha parecido apropiado recordar este pasaje de la vida de Juan de Ávila.
Concluye su Vida fray Luis de Granada como conduciendo al lector frente al sepulcro y el epitafio del Maestro Ávila. Lejanas resuenan las campanas en Montilla, la esquila, el rozar de tantas sotanas, las hachas y su negro humo, tal vez los sones de los niños de la Doctrina que acompañarían el féretro, los semblantes adustos, la caja, los ruidos sordos, la losa…
Murió este padre a 10 de mayo de 1569. Fue muy sentida su muerte, así de la señora Marquesa, que lo tenía por padre, como de la señora Soror Ana, que en el mismo lugar lo tenía; y toda la clerecía de las iglesias y religiones de San Agustín y San Francisco y los padres de la Compañía de Jesús llevaron su cuerpo a la iglesia de la misma Compañía, donde está sepultado en la capilla mayor, a la parte del Evangelio; y hízose en la pared un arco para poner la caja en que está el cuerpo, y una losa en la cual están escritos estos versos. (Cap. 7, f. 75)
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| Fray Luis de Granada, Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las partes que ha de tener un predicador del Evangelio (Obras, 1588, f. 75v) |
La Marquesa de Priego no quiso que la lápida estuviera a ras de suelo, al parecer, contra la voluntad de los jesuitas. Fray Luis de Granada no añade nada más. Desde Lisboa, donde ya residía, le llegarían las noticias y los detalles.
Me ha parecido, también a mí, hacer un homenaje esta tarde al Maestro Ávila y he traducido los versos latinos para que alguien, algún día, pueda también acercarse a ellos y leerlos en español. Ya no están junto a los restos del Maestro, que han cambiado varias veces de lugar…
Salud, cenizas del gran Ávila, huesos del venerable Maestro,
encerrados hasta el último día.
Salve, divino Padre, para quien el cielo ha afluido como un río caudaloso,
para quien Dios ha llovido con generosa lluvia.
Enriquecido de rocío del cielo, tu campo fecundo ha producido,
con una ganancia mil veces doblada, lo que tu propio espíritu había sembrado dentro.
La bocina de tu boca ha proclamado a Cristo
por las riberas que baña el Tajo y el Betis, y el Genil.
A ti los ciudadanos patrios, a ti acudía el forastero que necesitaba consultar;
tú eras para estas regiones no menos que un numen.
Cuanto te esforzabas por arrastrarte como ínfimo por el suelo,
tanto Dios te ha elevado sobre los astros.
ÉL MISMO AL LECTOR
Ávila es mi nombre; mi tierra, extranjera; mi patria, el cielo;
¿Preguntas en qué oficio me he ejercitado? Era segador;
la hoz incansable que cosechó para Cristo mieses sin cuenta
había ya alcanzado las seniles canas.
No maltratarás al forastero, ni le oprimirás: pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto (Aduenam non contristabis, neque affliges eum: aduenae enim et ipsi fuistis in terra Aegypti) Ex 22, 21.
OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Julio César Varas (2 de noviembre de 2018). Del fin de la jornada. Materia Philologica. Recuperado 11 de agosto de 2026 de https://doi.org/10.58079/sudk




